Soy mexicano, con residencia en Guanajuato, según lo indican la …

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Paco Villagrana

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Comment on Reseña: La novela perdida de Borges by Pablo Paniagua.

Soy mexicano, con residencia en Guanajuato, según lo indican la Credecial de Elector y mi pasaporte mexicano, ambos documentos expeddios por la autoridades competentes.

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Reseña: La novela perdida de Borges
Estimadas Reina y Sofía:

No creo que mi respuesta sea agresiva, cuando también respeto, en todo momento, los cometarios de las personas que intervienen. Pero como por aquí se dicen cosas que no se ajustan a lo real, como lo referente a mi nacionalidad mexicana, más otras cuestiones de la novela que se pueden refutar con simples extractos del libro, creo pertinente informar a los lectores sobre ello: esta novela tiene mucho más que sexo y críticas a la realidad mexicana, y así hago una serie de intervenciones para informar a lector frente a una lectura o interpretación superficial del libro.

Sé que ésta no es una reseña profesional, pues la autora se define, entre otras cosas, como “todóloga”, o sea, esa persona que opina de todo sin tener conocimientos profundos sobre lo que se habla, algo de sobra corroborado, al igual que hizo Vicente Fox al referirse a Jorge Luis Borges como “José Luis Borgues”, cuando la autora de la reseña escribe “Jose Luis Borges” en una parte de su texto (que supongo ya irá rápido a corregirlo, en lo que lea estas líneas).

Sé de sobra que la realidad mexicana no es sólo la violencia, pero pregúntenle a Javier Sicilia, por ejemplo, qué piensa de nuestro país, o pregúntenle a todos aquéllos que han perdido algún ser querido por cuasas parecidas. Ésa es su realidad, no otra, y eso es lo que precisamente yo también quiero denunciar. ¿Por qué? Porque amo a México y creo que podemos mejorarlo, cada cual poniendo nuestro granito de arena para decir: ¡Ya basta! (Auque sea a través de una novela, que también se vale.)

Cuesta mucho escribir un libro y verlo publicado, las opiniones después de su lectura podrán ser diversas, buenas o malas, pero sería más justo que se basaran en algo real y no en los sentimientos de una lectora que se queja de las críticas, de un supuesto extranjero (parece que eso es lo que le molestó), hacia algo de sobra conocido en nuestro país como son la corrupción política, la violencia, la inseguridad y 50 millones de pobres. La novela la escribí durante la presidencia de Felipe Calderón, y, por lo que parece, la situación empeoró con Peña Nieto. ¿Son justificadas las críticas que se hacen en la novela? Yo pienso que sí…

De cualquier modo, muchas gracias por la reseña y les deseo mucho éxito con su revista.


Reseña: La novela perdida de Borges
Algunas descripciones de lugares, con su contexto, de las varias que aparecen en el libro:

“Ya casi había dejado de llover y chispeaba ligeramente. Abrí el paraguas. Debajo de él Aurora me tomó por el brazo, para juntarse un poco más, y respiramos el aire fresco de la noche con el rumor de fondo de los automóviles sobre el asfalto mojado. Las luces de la ciudad desprendían reflejos infinitos, como serpentinas en una fiesta fugaz. Ahora la sangre de Lehninger se iría diluyendo poco a poco en el agua, sobre los baldosines, dejando en dispersión sus componentes y células con el vestigio de millones de cadenas de ADN, al compás del martilleo de los tacones de Aurora. Las finas gotas de lluvia todavía eran mucho más numerosas que los reflejos y las células con sus cadenas de ácido desoxirribonucleico, y en medio de aquella inmensidad, Aurora y yo, como seres unipersonales y también poseedores de otros universos infinitos, caminábamos sin rumbo fijo con la pretensión, de mi parte, de encontrar un pensamiento coincidente para seguir a su lado.”

“Ya una vez dentro del automóvil (una impresionante camioneta Suburban de cristales polarizados), arrancamos con destino a la casa de Aurora. La ciudad a través del cristal se mostraba teñida de tonos grisáceos, lo que no impedía percibir en ella sus contrastes, fragmentos de la inmensa urbe observada por la ventanilla del avión perdiéndose en el horizonte. Veinte millones de habitantes como hormigas dentro de un laberinto, en la segunda ciudad más poblada del planeta, todos generando desperdicios y excretando. Construcciones de cualquier manera, muchas de ellas con burdos ladrillos sin enlucir y con un tinaco negro siempre encima del techo. Ciudad divergente donde se mezcla el progreso y la decadencia, la riqueza y la pobreza, ciudad de aceras cuarteadas, de cables y postes de luz; y luego los inevitables atascos, como cuando aminoramos la marcha porque el cuerpo de un baleado, sobre un charco de sangre, permanecía en la acera. Dos coches de policía arrojaban sus señales luminosas, mientras la gente curioseaba por los alrededores. La víctima, al levantarse por la mañana, seguramente no imaginó que moriría de un disparo en la cabeza. Quizá se resistió cuando le robaron el reloj. Ése era el precio de su vida. No era de extrañar, por tanto, que al aeropuerto nos hubieran venido a buscar con un chofer y un guardaespaldas, pues los secuestros en México están a la orden del día, y los padres de Aurora, por ser de familia adinerada, tomaban todo tipo de precauciones.”

“Llegamos a la casa, que se situaba en una zona conocida como las Lomas de Chapultepec, y entramos después de que se levantó un portón accionado con un mando a distancia. El amplio jardín tenía algunos árboles, un cuidado césped, y un palacete emergía con el esplendor de su estilo neoclásico. ¡Vaya residencia tenían los padres de la niña! Algo totalmente inédito, en otra dimensión.”

“Mientras el chofer y el guardaespaldas se ocupaban del equipaje, entramos a la casa bajo un soportal sostenido por seis columnas de mármol. Allí, vestida con uniforme y cofia, esperaba una sirvienta para recibirnos.

–Bienvenida, señorita Aurora; ahorita mismo baja su hermana.

–Muchas gracias –correspondió, como la que guardia la distancia.

En el amplio hall las voces parecían retumbar. Me extrañó la ausencia de su madre, ni mención alguna, pues el padre se había quedado en Madrid. Aurora nunca me comentó sobre ella, salvo que vivía en México, razón por la cual la supuse bajo el umbral y junto a la sirvienta.

Toda la casa, tanto por fuera como por dentro, era de color blanco, y en el recibidor se proyectaba la luz por entre una inmensa cúpula de cristal. Al fondo una escalera semicircular ascendía hacia la planta alta, y debajo se divisaba la puerta del ascensor. Un cuadro de grandes dimensiones, de Rufino Tamayo, con varias rodajas de sandía y otras frutas, colgaba en la pared izquierda. Al mirar por mi alrededor trataba de disimular la impresión, mientras nuestros cuerpos se reflejaban en el suelo de mármol pulido. En un salón contiguo, sobre una mesa de cristal, estaba preparado un refrigerio. Nos sentamos a la espera de su hermana. Aurora se mostraba con su pose altiva y me sentía un poco como el chambelán de la princesa, con los setecientos euros en la cartera y sin saber qué decir. Ella sonrió y yo le correspondí, ya cada cual con un vaso de naranjada en la mano.”

“Subiendo hacia el centro del país los campos lucían de un verde esplendoroso, porque estábamos en época de lluvias, y por las mañanas lucía el sol y por las tardes caía el agua en abundancia. De la Ciudad de México no vi casi nada, en tan sólo día y medio, únicamente de pasada algunas calles y la casa de ese hijo de puta que se acostó con Aurora. De todas formas, México no dejaba de parecerme un país de contrastes, con algunas zonas bien construidas y otras como verdaderas muestras tercermundistas, y así, por la autopista, sólo se observaban pequeñas poblaciones de ladrillo y cemento, cruzadas por cables, y barbaridades arquitectónicas de complejos habitacionales con grandes tinacos negros en las azoteas.”

Y aquí te describo mi barrio, que forma parede del Centro Histórico de Guanajuato, y que es una denuncia de lo sucio que está:

“Desayunamos en el hotel y salimos a pasear. Era jueves y fiesta para nosotros, pues no trabajaríamos hasta el viernes a las 8 de la noche. Ahora los agentes secretos recorrían la bonita ciudad, para fijar su mirada en un mundo de atmósfera transparente y nítida, sin gradaciones entre la sombra y luz, como el yin y el yang, caminando por una plaza de nombre ilusorio: la de la Paz. Eran las 12 del día y nos acercábamos al muy conocido Callejón del Beso. Allí, según la tradición, hay que darse un beso en el tercer escalón para tener tres años de buena suerte, y eso fue lo que hicimos. Después, en otro callejón colindante, en una esquina, se alzaba orgulloso un poste de hierro oxidado con un transformador eléctrico y un sinfín de cables, como si fuera una tela de araña de aberración tecnológica; los cables se extendían a lo largo del callejón. En esa esquina permanecían desparramadas muchas bolsas de basura. Por ahí en lo alto, entre las casas que ascendían por el cerro, sonaba música de cumbia a todo volumen. A cada paso se veían objetos tirados por el suelo: una compresa manchada de sangre, una lata de Coca-Cola vacía, una bolsa de patatas, papel higiénico con rastros de color marrón, una mierda de perro, una botella de plástico, un resto de mazorca de maíz… Y nos cruzamos con una chica de unos catorce años embarazada… Un plato desechable, un pañal de plástico con su deposición, una botella de mezcal llena de orín, muchas más bolsas de basura en otra esquina, una mierda de perro pisada, un envase de yogurt, restos de comida, una caca llena de moscas verdes, una bolsa de plástico… Otro poste de luz con más cables… La calle, por todos lados, con chorretones y sin barrer… Una tubería rota suelta un reguero de agua… Unos trabajadores tratan de abrir una tapadera en el suelo a golpe de mazo, haciendo un boquete junto a ella… Muchas más bolsas de basura esparcidas en otra esquina, papeles, bolsas de plástico y más mierda… Un condón usado, una cáscara de plátano, un aguacate podrido… Luego se escuchaba reggaetón a todo volumen y pasa una chica muy joven embarazada… Un callejón con las paredes meadas y el suelo con largos regueros de orín reseco, un excremento humano invadido de moscas, papel higiénico al lado, olor pestilente, y por fin salimos hacia una calle principal.”


Reseña: La novela perdida de Borges
Hola. Soy pablo Paniagua, el autor de “La novela perdida de Borges”.

Quiero dejar claro, ante todo, que soy mexicano y que las críticas hacia la corrupción política y la violencia, que se hacen en la novela, están justificadas porque es lo que todos los días aparece en las portadas de los diarios y en las noticias de cualquier medio informativo, porque ésa es la realidad de nuestro país, una realidad que es preciso señalar para que las cosas cambien, es una responsabilidad ciudadana, no como esos mexicanos que creen en la defensa de lo “chafa” como una cuestión nacionalista: “No se puede hablar mal de México porque eso no es de patriotas”, cuando ese ocultamiento no ayuda a mejorar la situación en nuestro país: es la política del avestruz… ¿Cuántos son los muertos por la violencia y los desaparecidos en nuestro país? Yo sí conozco víctimas de secuestros y personas que han perdido la vida por la inseguridad, y no es una sola persona, son varias… No es cierto que en la novela sólo se hable mal de México, pues también se dice que es un país maravilloso que está así por la corrupción política y porque, en realidad, el peor mal de este país es la ignorancia, y que si la gente leyera más (pues México tiene uno de los índices de lectura más bajos del mundo desarrollado) habría más conciencia para procurar un menor país. ¿Se han preguntado alguna vez la sensación que deben tener los extranjeros al ver las portadas de nuestros periódicos y las noticias en la televisión, sobre los innumerables hechos violentos que suceden a diario en nuestro país? ¿Qué les parecerá que en México al año mueran más personas por la violencia que en Irak o Afganistán, países que están en guerra? ¿Es justificable señalar esta percepción en un turista que visita por primera vez México, como sucede en la novela?

Aquí les dejo algunos extractos, para dejar claro que lo señalado en esta reseña no se ajusta a lo que, en realidad, se dice en la novela:

“Al parecer los índices de lectura en México están por los suelos, tanto como la basura que algunos guanajuatenses tiran a la calle, y creo, al contrario de lo que piensa la mayoría, que este mundo se podría cambiar si la gente leyera un poco, pues dicho proceso, indudablemente, pule el entendimiento.”

Y también esto:

“Y llegamos a la plaza principal, circundada por setos gigantes y música de mariachis, con el Teatro Juárez de fondo y una iglesia barroca, y entonces exclamé: “¡Qué bonita es Guanajuato!” Parecía mentira, e incluso una vejación, que muchos de sus habitantes no se dieran cuenta de este detalle para mancillarla con tanta basura y suciedad. ¡México! ¡Un país maravilloso destrozado a diario! ¡El desamor a la tierra! Pero ahora sonaban los mariachis, con tan magnífico escenario, y apareció el otro México posible, la excepción: sin cabezas cortadas, sin secuestros, sin robos, sin cables eléctricos ni suciedad; el brillo de una sonrisa frente a la terrible realidad de un país devastado por la ignorancia, saqueado históricamente por sus dirigentes. Y así, de nuevo, llegué a la conclusión de que en México son pocos los que leen.”

Y, para ternimar, les animo a leer “La novela perdida de Borges”, donde hay mucho más, por supuesto, que sexo y el señalamiento de la violencia y sus víctimas en México, pues se aborda, por medio de la mezcla del ensayo y la ficción, la obra y figura de Jorge Luis Borges, además de ser un texto fractal que abarca mucho más de lo que se puede señalar, de manera peyorativa, a partir de una lectura superficial de la novela (quizá sea porque la autora de esta reseña nunca ha leído a Borges, pues resulta inexplicable la omisión de éste y otros aspectos).

Si quieren leer una buena reseña, de un Catedrático de Filosofía que es también crítico literario, donde se analiza realmente cómo es esta novela, les dejo esta dirección:

http://franciscomartinezbouzas.blogspot.mx/2013/12/la-novela-perdida-de-borges-una-novela.html

Un saludo cordial.

Pablo Paniagua


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