Un beso en tu futuro

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Leo, observo, escucho, pruebo, toco para hablar de ello. Cine, gastronomía, literatura y otras perversiones.
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Un beso en tu futuro

Raquel Castro
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Una historia que equilibra los sentimientos, el valor de la amistad y la tolerancia

Nancy ha recibido un augurio: hay un beso en su futuro, y está inquieta porque Jonathan, su mejor amigo desde niños, ha dejado de ser el chico raro y un poco tonto de la infancia. Tiene que aceptar que se ha convertido en un galán muy simpático y… sí, se ha enamorado de él. Ahora tiene delante un futuro en el que no sabe si creer y un secreto en su presente que no se atreve a revelar a nadie. Pero no es la única en su escuela que guarda un secreto, porque el amor es más complicado de lo que parece, la amistad está en juego y va a necesitar paciencia, buen humor y un poco de suerte para no salir lastimada. Y, claro, para llegar sana y salva al encuentro con aquel beso.

FRAGMENTOS

“Nunca me iba a dejar en paz con eso. Habíamos ido a Coyoacán con nuestras mamás y en la plaza había una señora hippie, de pelo larguísimo y falda hasta el suelo, con un letrero que decía ‘te leo el futuro’. Nada más vernos, dijo que nos podía adivinar el porvenir. A nuestras mamás se les hizo chistoso, y nos acercamos.
—Vas a tener mucha suerte en el amor— le dijo a Jonathan.
Me pareció un fraude. Obvio que un chavo tan pero tan guapo iba a tener suerte con las chavas (era justo cuando me empezaba a gustar, y yo creo que la jija bruja ayudó a que me diera más fuerte la obsesión).
Luego me miró a mí. Yo puse mi mejor cara de palo, para que no pudiera adivinar nada de lo que estaba pensando o sintiendo, pero ella miro mi mano, miro a Jonathan como de pasadita y me salió con la estupidez esa:
—Hay un beso en tu futuro.
La odié tanto… Por suerte, Jona no se dio cuenta de la mirada que le había echado a él. Y por suerte nuestras mamás parecían chamaquitas, todas emocionadas de que les predijeran su futuro, así que nos dieron dinero para ir por un helado y se quedaron a solas con la señora para que les dijera sus cosas.
Habría sido una tontería olvidable y ya de no ser porque, en el fondo, desde ese día me la pasé soñando con lo del beso en mi futuro. En privado, claro. Con Jona, ni loca lo iba a admitir. Y bueno, él tampoco lo había olvidado, y cada vez que podía, me molestaba con eso.”

“Esa tarde, en mi casa, las cosas no salieron nada bien. Jonathan iba como perrito faldero de Ara, quien trataba de ser amable con él, pero sin mucho entusiasmo; en cambio, ella intentaba involucrarme en las conversaciones, pero él como que se molestaba y ni me pelaba, así que yo me sentía como la tercera rueda de la carreta: haciendo mal tercio, estorbando, mirando nomás. A ratos me daba muchísimo coraje que Ara se portaba fría con él, y cuando le sonreía o lo miraba a los ojos sentía más coraje todavía; pero de otro modo.”

“Mientras Marifer se preparaba unos huevos con jamón, yo la veía y pensaba en lo guapa y segura de sí misma que es, y no sólo lo pienso ahora que nos llevamos bien: desde que me acuerdo es bonita y valiente (y un poquito malgeniuda también). No pude evitar la comparación: ella es bonita y yo…, bueno, con decir que a mi mejor amigo se le olvida que soy mujer. Supongo que soy fea, o por lo menos muy equis. Y últimamente soy muy insegura, lloro por cualquier cosa, me da miedo que Jona se entere de que me gusta y, a la vez, me aterra que nunca se dé cuenta. Me pregunto si alguna vez llegaré a ser como Marifer, si habrá algo de esa forma suya de ser en mí. Tendría que ser, ¿no? Digo, somos hermanas. Estaría genial que con el tiempo las bubis y las caderas se me pusieran como las de ella. Nomás que yo no me pintaría el pelo de negro, mejor de azul o de morado o de rosa.
—¿Y qué más?— me preguntó Marifer.
La mire feo tantito, pero de broma. Cuando era niña, odiaba que me preguntara ‘y qué más’ cuando todavía no le había dicho nada, y ella se moría de risa de que yo fuera una zonza. Ahora yo también suelo hacer eso con mis amigos, pero nunca enfrente de ella, porque no quiero que se entere de que le copio algunas de sus frases, qué oso.
—Ah, pues… Ay Marifer. No sé por dónde empezar.
—¿Traes broncas en la escuela? –claro que eso es lo primero en lo que se interesa. A pesar de su pelo pintado y su ropa de terciopelo y sus botas de casquillo cuando no tiene que andar toda de blanco, Marifer es ñoña de corazón y desde chiquita saca puro diez.
—No, en la escuela todo cool.
—¿Te peleaste con mi mamá?
—No.
Me miro de arriba abajo y se le hizo una sonrisa grandototota.
—¡Te gusta un chavo!
Me puse rojísima. Lo supe sin tener que verme en el espejo. Ella entendió ese ponerme roja como un ‘sí’, claro.
—¡Ya era justo! ¿Cuántos años tienes? ¿Catorce?
—¡Trece! No puedo creer que no sepas mi edad.
Me hago bolas, a veces no me acuerdo ni de la mía. Pero bueno, ya te estabas tardando.
—Ash.
—Pero ¿cuál es el problema? Espero que no sea un maestro.
—¡Guácala, estás loca!”

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Raquel Castro nació en 1976 en la Ciudad de México. Ha sido guionista, periodista y escritora; desde pequeña le gusta contar historias, y le gustan también los gatos, la música, la comida rica, el humor y los zombis. Ha ganado premios como el Nacional de Periodismo y el Gran Angular de literatura juvenil, que recibió por su novela Ojos llenos de sombra. Otras novelas suyas son Exiliados, Lejos de casa y Dark Doll; además ha publicado la antología Festín de muertos (con cuentos de zombis de varios autores mexicanos) y un libro con sus propios cuentos: Pirañas del mundo, ¡uníos! Vive en la Ciudad de México con su esposo y dos gatos. La encuentras en su canal de videos: youtube.com/AlbertoyRaquelMX.

 

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